Hace un par de semanas contemplamos atónitos cómo la impericia explícita del armado legislativo de Milei llevaba al fracaso el megapaquete de ajuste denominado “Ley Ómnibus” en la Cámara de Diputados. Si bien el proyecto enfrentó en las calles y en la Plaza la resistencia de organizaciones políticas y sociales, se estrelló contra una oposición inesperada -por propios y ajenos- de la “casta política” (diputados y gobernadores de partidos afines al gobierno).
Si
bien no podemos obviar este hecho, y debemos considerarlo como un triunfo
parcial; tampoco podemos omitir que, al día siguiente Luis “Toto” Caputo,
nuestro híper “Ministro de Economía” (que hace palidecer en poder al
superministro de los 90’s, Domingo Cavallo), salió a anunciar que, gracias a la
salvaje licuación de jubilaciones, salarios estatales, transferencias a las
provincias y ahorros de la población en general; se había conseguido un superávit
primario y financiero del Tesoro Nacional.
Que
un ajuste salvaje, cercano al 5% del PBI, se haya conseguido en sólo un par de
meses sin enfrentar una verdadera resistencia social, no puede más que dejarnos
atónitos. Que el 44% del ajuste haya recaído sobre los hombros de los
jubilados, ya previamente empobrecidos en la última década, resulta increíble.
Hasta el macrismo en 2016 debió legitimar el ajuste mediante cierta
recomposición de los haberes jubilatorios mediante la denominada Ley de
Reparación Histórica.
No
es sorprendente entonces que inflaciones del 25% en diciembre y del 20% en
enero, sin ningún tipo de recomposición salarial y tasas de interés fuertemente
negativas para los ahorros; hayan condenado a la pobreza al 57% de los
argentinos según los números adelantados por el Observatorio Social de la UCA.
Lo sorprendente es la pasividad con la que la población asume que le
corresponde pagar el precio de una supuesta fiesta a la que nunca fue invitada.
Las
organizaciones gremiales, sociales y políticas deberían situarse a la altura
del desafío planteado. Una vez más quedará claro que las únicas conquistas
genuinas de la clase obrera y los sectores populares, si bien se cristalizan en
la legislación y las instituciones de la democracia burguesa; se consiguen
desde abajo con la lucha en las calles.
La
única libertad es la que puede ejercer efectivamente. No hay libertad cuando no
se llega a fin de mes. Ojalá despertemos a tiempo para detener este exterminio
social, que si avanza llevará años poder revertir.
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