Reflexiones desde las casamatas del Estado en crisis

por Gonzalo P. Hernández


El contexto del país está signado por una crisis de identidad de la izquierda. Si bien los sectores populares han logrado bloquear por décadas los intentos de sectores dominantes de imponer definitivamente sus proyectos políticoeconómicos, no han tenido el mismo éxito a la hora de construir una alternativa política genuinamente popular; al menos desde el fracaso del “Pacto Social” del gobierno peronista de 1973. 


Esa permanente incapacidad de los grandes grupos económicos de imponer exitosamente su hegemonía en las urnas y en las calles -incluso bajo la imposición brutal del terrorismo de Estado por parte de la última dictadura-, parecería estar llegando finalmente a su fin con la consolidación este año de una nueva derecha que, si bien tiene arraigo global, posee una especificidad argentina basada en el fracaso de las políticas surgidas tras la crisis y estallido de la convertibilidad.


La caída del Muro de Berlín y el derrumbe de la URSS significaron un duro golpe para la izquierda internacional, como fin de la existencia de una organización social alternativa a la del capitalismo globalizado. No obstante, permitieron el surgimiento de una autodenominada “nueva izquierda”, que encontró en la crítica a todas las deformaciones burocráticas de los llamados “socialismos reales” la oportunidad de “volver a Marx”, o a las tradiciones más democráticas de organización de la clase trabajadora. 


La crisis de 2001 fue la oportunidad de creer en que otro proyecto de país mucho más inclusivo era posible. Si bien a partir especialmente de la rebelión zapatista del 94 se había considerado la prefiguración de una alternativa popular que creciera por fuera de la esfera estatal, la llegada al poder en Venezuela del chavismo, como puntapié inicial de una serie de triunfos de gobiernos populares en la región, alimentó la esperanza de, si no un “Socialismo del SXXI”, al menos de un capitalismo con mayor rostro humano. 


El fracaso en la última década de estas experiencias, matizadas por intentos también fallidos, de consolidación de gobiernos promercado, nos arroja a una situación de deterioro económico acelerado para los sectores más vulnerables de la población, que nos remite en lo económico a los estertores del alfonsinismo; y desde la crisis de confianza en una salida política al “Movimiento 501” de fuga de la disputa electoral. 


Esta doble crisis sólo está pudiendo ser capitalizada por un discurso antipolítica por derecha, que retoma el discurso anticasta -impuesto por la nueva izquierda española-; pero reformulado en variante anarcocapitalista con fuerte impronta militarista y fascistoide. 


Tenemos claro que nos espera el conflicto en defensa de nuestros intereses como empleados estatales y trabajadores en general. Sería bueno que, en un futuro no lejano, seamos capaces de pensar un proyecto de país y sociedad que nos permita decir que no sólo nos oponemos al proyecto reaccionario que nos intentan imponer, sino que tenemos uno propio de la izquierda y el progresismo, que no mire hacia un pasado que no vuelve, sino hacia un futuro de sociedad mucho más justo para quienes somos los verdaderos productores de riqueza. 





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