por Dobleu
Se cantaba que “a los 90’ no volvemos nunca más” y ahora, como en un lisérgico tren fantasma, un tipo escupe amenazas de campaña por las pantallas. No quiere que se vayan todos, quiere usar la rabia de tu cansancio de que las cosas estén tan como la mierda para quedarse él. Hace la parodia del “outsider”, del distinto, pero cuando empiezan los gritos se le corre el maquillaje y se le ve la casta, a la que pertenece él y los suyos, los que reivindican la tortura y los campos de concentración.
¿En qué momento esto se convirtió en una opción, en un camino posible? Es la pregunta que vuelve después del paso por el shock, después de la saturación de análisis y diagnósticos tardíos, después de habernos hablado mucho tiempo entre nosotrxs, o de haber hablado desde consignas, sin advertir que corrían el riesgo de licuarse en su contenido. Tal vez, así también pensamos la democracia como si se tratara solo de una serie de derechos a defender, y esa necesidad de defensa, de alguna forma también, hablara de su fragilidad. Pero el caso es que sí, hoy hay que salir a defender un puñado de derechos básicos que tienen que ver con el cuidado de la vida para que la cosa no esté peor. La premisa de “estamos mal pero vamos bien” no se cumplió antes y lejos estamos de que se cumpla ahora. Estamos mal y todavía podemos estar peor si el plan es la hiperinflación para dolarizar, vender órganos en mercado libre y el que quiera estar armado que esté armado. La libertad no avanza si el anhelo es volver a la Argentina de 1900, y para verificar esto solo es cuestión de leer la plataforma electoral. Aquella de la República Conservadora del fraude, que por entonces ya identificaba un enemigo interno para expulsarlo y aniquilarlo porque la crisis se incrementó y la resistencia también. La masacre de trabajadores durante la Semana Roja y la primera huelga de inquilinos fueron brutalmente reprimidas. Sí, podríamos rastrear desde allí la lucha por el derecho a la vivienda digna. Y no está demás decir aunque parezca una obviedad, una política de y entre varones. Hicimos mal las cuentas, tendríamos que haber cantado que “a 1900 no volvíamos nunca más” y tal vez así, lográbamos conjurar este presente para volver al futuro. Porque es necesario volver a imaginar un futuro que no sea solo de supervivencia, pero para eso es necesario no perderlo todo y haber tomado nota de algunas cosas: sabemos que el consumo no incluye, que el mercado no libera, y que ni nuestros cuerpos ni nuestros territorios pueden convertirse y mucho menos entregarse como zonas de sacrificio. Claro, esto no se resuelve en una elección, el desafío es mucho más grande que las urnas, pero la ultraderecha no puede ser una opción. Nada que prometa exterminios puede ser el norte de una vida en común.

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